FELICES CRISIS

Doctor Horacio Krell (*)

Piensa por un momento que sería tu vida sin crisis: un aburrimiento total, una falta de ejercicio que sería letal para tu inteligencia. A menudo, para evitar la cara de la amenaza  que traen las crisis nos impedimos al mismo tiempo hallar el camino a la felicidad.

El campesino que dominaba a la naturaleza. Había una vez un campesino que le solicitó a Dios un deseo. Lo que pedía le era concedido: quería el sol y éste brillaba con esplendor; necesitaba agua y llovía regularmente. Pero, sin embargo, la cosecha fracasó.  Es que al pedir lo que quería y no lo que le convenía el lecho de rosas se convirtió en un campo de espinas. Nunca pidió crisis ni tormentas que son necesarias para limpiar la siembra, ahuyentar a los depredadores que la consumen y a las plagas que la destruyen.
La mayoría de las personas desean una vida de amor, dulzura y cero problemas. El optimista ve la crisis pero no se asusta, no se echa para atrás. Cree que las dificultades son ventajas, piedras en el camino que lo hacen madurar. Hace falta una verdadera tormenta en la vida para comprender cuan insensato es preocuparse por tonterías.
Al convertimos en capitanes de tormentas, el pensamiento y las emociones nos ayudan a administrar mejor el tiempo. El poder inteligente combina el querer con la eficacia

Crisis clasificadas. El occidental suma los instantes positivos, resta la incertidumbre y la felicidad se le escurre en las combinaciones químicas del cerebro. El oriental suprime el deseo, porque piensa que es el causante del sufrir. Resta los dolores y obtiene, por ausencia, una sustancia inmaculada y homogénea pero insensible a lo humano, vacía de deseo, sin ambición ni frustración, más cercana al estupor místico que a la dicha. Demasiado personal para clasificarla, demasiado universal para no hacerlo, ausente cuando se la busca, presente si se la olvida. La felicidad se parece a esa mariposa que persigues pero que si te sientas tranquilo y esperas puede aterrizar en tu cabeza.

La vida es lo que pasa mientras hacemos planes. Esta frase de John Lennon muestra cómo nos negamos la felicidad. Nos convencemos que la vida será mejor después. No advertimos que la vida siempre está llena de desafíos. Que es mejor admitirlos y decidir ser felices ahora y pese a todo. No hay un luego, ni un camino directo a la felicidad, el camino se hace al andar y debemos transitarlo con nuestros compañeros de la vida, sabiendo que el tiempo no espera. Para ser feliz no hay que esperar a terminar la universidad, enamorarse, conseguir trabajo, casarse y tener hijos. “Luego” es un recurso ineficaz que difiere lo que podemos hacer hoy. Esperamos que los chicos crezcan, que se vayan de casa, perder kilos de más, las próximas vacaciones. Basta: no esperes más. Hoy es el mejor momento para ser feliz. La felicidad no es la estación a la que arribas sino tu manera de viajar. Trabaja como si no necesitaras el dinero, ama como si nunca te hubieran herido y baila como si nadie te viera.

Dime con quién andas. La Escuela de Medicina de Harvard  estudió la felicidad en 4.739 personas y su conexión con miles de familiares, amigos, vecinos y compañeros entre 1983 y 2003. La conclusión fue que la felicidad es contagiosa. No  depende sólo de nuestras acciones sino también de nuestras relaciones. El lenguaje corporal y las emociones importan. Se pensó que con internet la gente viajaría menos, pero esto no ocurrió. Una factor clave para desarrollar confianza es el contacto. Sin embargo, las comunicaciones electrónicas pueden atenuar el frío que genera la distancia. Un estudio de Facebook encontró que las personas que ponían una foto sonriente tenían más amigos. Al analizar 50.000 lazos sociales notaron que si alguien cambia de infeliz a feliz en sus respuestas, otras personas de su red también lo hacen. Esto reflejaría una tendencia evolutiva  a apostar por las circunstancias alegres de la vida.

El test de la felicidad. Como la felicidad es el modo en que viajamos estudia tus propias tendencias u orientaciones: 1. A dejarte llevar por la intuición y por el querer o por el miedo y rebaja de la autoestima. 2. A juzgar al otro generando conflictos o relaciones positivas. 3. A  preocuparte u ocuparte.  4. A aceptar a los demás como son o a tratar de cambiarlos. 5. A sentir un deseo intenso de  mejorar cada día o de culpar a alguien o al contexto. 6. A ser invadido por ataques  de risa y ternura combinados con sensaciones de gratitud y armonía  o estar apresado por emociones negativas. 7. A sentirte un niño -juguetón, abierto, sin complicaciones, como un viejo joven- o como un joven viejo. 8. A ser soñador, a ilusionarte sin razón y con entusiasmo o ver el futuro negro. 9. A perder la arrogancia y desconectar la memoria del resentimiento y del dolor o a vivir atado al pasado. 10. A invertir en ti mismo y en los demás o a pensar que el mundo se terminará mañana. 11. A ver en la crisis la cara de la amenaza o la de la oportunidad, a ser parte del problema o de la solución.

Anuncian una crisis. El trabajador de la felicidad elige qué día tendrá hoy: ¿se quejará  porque llueve o agradecerá porque sus plantas se riegan? ¿Se sentirá triste por la falta de dinero o contento porque la crisis lo empujará a comprar con inteligencia? ¿Se quejará por su salud o se regocijará porque está vivo? ¿Se lamentará por todo lo que no tuvo o se sentirá agradecido por lo que consiguió y por lo que tendrá? ¿Llorará por las cosas que he perdido o se alegrará por que le enseñaron  a ganar? ¿Se quejará por la rutina o gritará de alegría porque puede trabajar? ¿Criticará estudiar para la escuela o abrirá su mente con energía para llenarla de nuevos conocimientos?
El trabajador de la felicidad cree que el día lo saluda esperando que le de forma con su mano de escultor. Sabe que lo que suceda dependerá de él,  que debe escoger qué día va a tener y entonces elige convertir la crisis en oportunidad.
Toqueville decía que l
as sociedades se juzgan por su capacidad para hacer que la gente sea feliz. En el visionario “Un mundo feliz”, Aldous Huxley pronosticó la dictadura perfecta con apariencia democrática. Una cárcel sin muros donde nadie querría irse ya que gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos sentirían amor por la esclavitud. Evitémoslo, creemos entre todos el mundo en el que queremos vivir.

Felices CRI$I$.

*CEO de Ilvem, Contador Público y Licenciado en Administración de empresas (UBA). Contacto horaciokrell@ilvem.com

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